Buenos recuerdos, de muchos buenos momentos, asaltan las neuronas en busca de historias que contar en la Plaza de Santa Ana. Corrían años jóvenes, sin reloj, con mucho miedo, pero con ganas de sentirlo todo, de quererlo todo y quererlo ya. La plaza, es para mi, icono de vitalidad, recuerdo de "un bonito recuerdo", gritos de madrugada, sonrisas, abrazos, besos, carreras y todo ello endulzado con placebo líquido.
Pasado un tiempo, la olvidé temporalmente, como si no quisiera volver a sus bancos ni fumar en sus bares. Aunque seguía siendo igual de exótica, de única. Sin reloj o con él, el tiempo decidió que debíamos encontrarnos allí, como si de una atracción física hacia el lugar se tratase. Y vaya que si fue así, recuerdo que cuando aparecí allí en tu busca, tú, tímida e indecisa, me viste y amagaste a esconderte entre Calderón y Lorca, como dudando de lo que estabas haciendo... Esa noche llovía, ¿te acuerdas?
Muchos han caído desde ese día y muchas tormentas hemos sorteado sin despeinarnos. Hoy, deja que te vuelva a traer al templo más sagrado de mi sentir, acompáñame en esta noche de júbilo y deja que le entregue en ofrenda nuestras almas al más odiado dios, que no es otro que el amor. Entremos en la plaza dados de la mano, deja que te diga dónde vamos. Subamos juntos las escaleras y ahora, Madrid es tuyo, disfrútalo.