domingo, 10 de febrero de 2013

Caracoles kamikaces y Ara Malikian


El viernes por la tarde, un caracol se dejaba ver por la enredadera, oculto entre hojas, arriesgando su integridad, apostado a un metro del suelo, desafiando el equilibrio, la gravedad y la suerte. Mientras, el cielo torna su color veraniego, a un negro tormentoso. No pasan diez minutos y el sol se esconde sin avisar, a lo dejos ya se escuchan los bombardeos... Los perros empiezan a ladrar asustados, el viento corre entre las calles, castigando los árboles, y llevándose por delante todo aquello que no haya echado raíces, el dios Céfiro parece enfadado con la tierra.

Se rompe la ira, y llega el turno de Zeus, aún más malhumorado. Los rayos invaden el cielo, ya completamente opaco, trepando por él, como si de una maraña de cables se tratara. Las luces parpadean y se apagan, y aunque no es el hecatombe, así lo parece, todo el vecindario queda a oscuras unos minutos tras un estruendo enorme y un imponente rayo que cruza los cielos. Alguna linterna se deja ver a lo lejos... El agua inicia su andadura por las calles, y Poseidón hace de las suyas, no se ve, pero se oyen correr mares de hojas y troncos por las calles y cunetas. Definitivamente, hoy no salgo de casa, es momento para dormir. Una vez entre las sábanas, veo el resplandor de los rayos sobre la pared, y el sueño me acoge sin dudar lo más mínimo de mis intenciones.

Las siguientes noches, Ara Malikian en el castillo de Buitrago, hace travesuras dominando el violín, todo sumergido entre luces que escandalizarían a los caballeros templarios más valientes de la época y a cualquier ave que pretenda dormir en los recovecos de sus imponentes paredes. Los siete amigos, quedamos sobrecogidos de la naturalizad mostrada, mezclándose sus notas en un cóctel, que a demás de poco habitual, nos hipnotiza y hace disfrutar de un espectáculo irrecuperable...