Hola nena, qué tal. Sabes, hace tiempo que no hablaba de esto contigo, pero ya sabes como soy, me dejo muchas cosas en el tintero, no me gusta hablar demasiado. Sigo siendo el de siempre, de conversación sencilla, risa fácil y por las noches, chaqueta de cuero, buen whisky, y el rock de siempre, el bueno. Sigo poniendo la canción Nº5 de aquel viejo disco de blues siempre que entro en casa después del curro y siempre gano al billar, juegue contra quien juegue, eso recuérdalo. De un tiempo a esta parte, estoy empezando a dejar de lado mis sueños para cumplirlos, eso es espectacular. No tengo mucho margen de acción, pues soy un tipo de pocas pulgas.
Alzo la vista atrás y veo, recuerdo muchas cosas, de entre todas, rescato nombres de chicas, direcciones, alguna calle oscura por Tetuán, portales en Malasaña, algún amanecer por Madrid, canciones, viejas historias que llevo escritas en lo más hondo de mi ser, más lágrimas, un sentir que no te puedes hacer a la idea, escapadas para robar besos en paradas de bus, tardes pateando barrios buscando un nombre, unas ganas de querer que no se pueden abarcar, garitos pequeños de grandes guitarras, conciertos en los que grité a voces tu nombre, acordes que encienden cigarrillos en la Calle Fuencarral, querer tenerte y no saber dónde buscarte...
Hasta que la noche más triste, entre mis dos rubias (el tabaco y la cerveza), se cruza en mi camino una figura de mujer con un largo vestido verde, de mirada intensa y desafiante. No recuerdo sus pasos, pero sus ojos me congelaron. Desde el otro flanco de la barra hablábamos con la mirada, sabes, nadie me había dicho eso nunca. Tu mirada era un hachazo a mi intimidad, y eso, lo quería para mi, quería que le pegases fuerte a mi intimidad, que la arrancases y la mordieses. Y qué decirte que no sepas, nena, que recuerdes, que sepas, que esa canción para mi "es tú canción" me destrozó. Ahora, creo que ya lo sabes todo, lo eres todo.