Alerta, como un soldado en su garita. Inconsciente de todo aquello que se estaba cociendo a mi alrededor. Mientras yo bebía indiferente trillones de mensajes me entraban por tus ojos negros, tan profundos... que no llegué a comprenderlos. O quizas mi intento era vago, crispado por la historia de "Pedro y el lobo". Humillado y vestido de aún no se qué, me ofreciste ir contigo. Los dos juntos, en un pequeño callejón, (mis neuronas y mis hormonas a puntito de desatar la III Guerra Mundial) y el humo de un porro compartido de labio a labio, mientras hablábamos...me enamoró.La noche parecía ir acabando para mí, cuando un viaje inesperado arrancó el coche. Montaste en él, rápidamente puse la calefacción, hacía bastante frío. Intercambiamos alguna frase tonta... mientras de fondo el gran Quique Gonzalez, puse la canción nº 5, "El rompeolas". Me dijiste que te llevase a casa, y eso hice, un camino duro para mí, muy duro. Estabas a mi lado, calladadita, escuchando mi música, noté que me mirabas de vez en cuando... En el otro asiento, yo conducía, frío y pensativo, el alcohol no podía ahora hacer estragos en mí, pero cuidado, iba conduciendo... pero qué mas da, ibas conmigo en el coche, y eso, eso era lo que realmente me alteraba.
Por fin llegamos. Paré el coche, y aparque mi corazón junto al tuyo. El coche respiraba humo de hash por las ventanillas delanteras... Te conté alguna cosilla mientras fumabas, y te reías contaminando mis ganas de marcharme, tu sonrisa me volvía loco. Bajaste la música, quitastes la calefacción y apagastes la luz, aún recuerdo el instante, me miraste, y gire la cara para verte, mientras me clavabas esos ojos profundos... y entre tú y yo, aire de pecado, y de nuevo veía tus labios... que capullo soy...