Siempre has sido un sentimiento sucio, ruin y tan despreciable como conocido. Eres el peor de una lista interminable de sentimientos que inundan los pensamientos de las personas. Nunca has estado en mi lista de preferidos, y podría contar con los dedos de una mano las veces que te he necesitado para vivir, pues eres tan inútil que envenenas el alma de la gente cuando te usa, se pudre su corazón y su boca se vuelve negra, como las palabras que suenan con tu nombre, que se transforman en veneno.
Pisando mis principios, hoy he desayunado contigo, he estado viendo cómo has cambiado desde la última vez que te usé. Estás más viejo, eres más terco si cabe, y sigues siendo un imbécil arrogante que no sirves para nada más que para ensuciar las bocas de la gente, y llenar sus almas de infelicidad.
Pero hoy me vas a ayudar, me lo debes, porque tanto tiempo sin usarte, se merece una recompensa. Quiero que odies al miedo que se ha colado en mi casa, que lo desprecies con tanta fuerza que nunca vuelva a estar dentro, que no quiera volver a mirarla a los ojos, que entienda que aquí se vive, y que no es bien recibido, que la vida juntos es nuestro regalo, y no deseamos verle merodeando por nuestra calle nunca más.
Estoy seguro de que aquí no se termina tu historia, o sea que jamás me hables de tus miedos cuando estés abrazada a mi pecho, jamás te prometas pensar que todo tiene un final. Para ser valiente hace falta algo más que un alma con coraje, te hace falta algo que ya tienes, un corazón que late con sangre brava. La próxima vez que el vello se despierte en tu piel y el frío te recorra la espalda, acuérdate de mi y de aquella noche de martes que olía a lluvia, que sabía a chocolate, e imagina cómo es mi día a día...
Y si el odio no puede hacerlo solo, dame tu mano, que hoy vamos juntos a encararnos al miedo, le arrinconaremos en alguno de los callejones que conozco en Madrid, y cuando esté tan nervioso como nosotros, cuando quiera mordernos el alma, le asestaremos ocho puñaladas con nuestras navajas de color vida, y sangrará, gritará y nos suplicará agonizando, pero no tendremos compasión. Dejaremos que sus ojos nos miren por última vez, mientras muere frente a nosotros.
Entonces, saldremos corriendo de allí, perfumados en adrenalina, irremediablemente felices y con fuerzas para seguir luchando. Fuerzas para afrontar retos, con ganas de arriesgarnos a seguir viviendo, y saber que el destino ahora es solo nuestro. ¿Te atreves?
Entonces, saldremos corriendo de allí, perfumados en adrenalina, irremediablemente felices y con fuerzas para seguir luchando. Fuerzas para afrontar retos, con ganas de arriesgarnos a seguir viviendo, y saber que el destino ahora es solo nuestro. ¿Te atreves?
