Ese día y no antes, supe que el minutero nunca marca las siete y catorce minutos "porque sí", todo ha de estar sujeto a caracterización. El paisaje helado trata de mantenerse firme, a sabiendas de que mañana todo será agua que salte salvaje por los arroyos. Los carteles de las calles defienden el legado de sus letras, y los caminantes las desprecian, sin dedicarles una mirada siquiera. Chimeneas que humean sin merecerlo, y el cielo engulle el hollín del roble sin protestar. Cables que cruzan calles emulando tirolinas, y las golondrinas se ríen sobre ellos, desafiando alguno de sus sentidos. Paredes descorchadas, y tejas rotas en los alerones...