Las luces de las casas empiezan a destacar tras las ventanas, la gente se recoge doblando esquinas, se levanta viento, y las primeras hojas del otoño caen a la tierra. Las noches ya no son lo que eran hace solo dos semanas, refresca y el cielo invita a volver al hogar. La piedra de las casas viejas ya no conserva su calor de madrugada, y los pájaros pasan de dormir en los cables de la luz, vuelven bajo los frondosos pinos.
El cielo torna naranja, varios coches cruzan la carretera, se escucha el crujir de los árboles con el viento, el rió parece no tener calma, y por la villa corre el viento por sus arcos y sus calles. Las farolas avisan de lo inevitable de la noche, y poco a poco toman el timón de las calles. Hasta los gatos han desaparecido de los tejados, solo queda el ser del propio pueblo, vagando solo por las calles, difuso y entristecido, esperando el amanecer para volver a resurgir.
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