Yazco sentado sobre la piedra granítica que viene dando la bienvenida a la casa desde que al menos la conciencia me permite recordar. No se escucha ruido artificial alguno, sólo los vencejos chillando a lo lejos, alrededor de la torre de la iglesia, y el ruido de las conversaciones a voces en la taberna, a la vuelta de la esquina. La paz inunda la calle. El sol entra cruzado por el oeste, triangulando su figura en las fachadas de las casas, como todas las tardes de primavera, anaranjado ya por lo avanzado del día. Los gruesos muros de piedra irradian calor, tras haberse torrado horas atrás. Un perro descansa cómodo en la acera, bajo una ventana abierta. Al fondo de la calle, un par de gatos pardos merodean por los tejados, esquivando tejas rotas.
El domingo se acaba en la calle Travesía de La Villa nº5, los últimos valientes rojiblancos insisten en pasear vistiendo sus colores, y aquellos que ya no pueden pasear lo hacen desde el cielo. Levanto la mirada, para momentos después perderla viendo a los gorriones jugar entre las antenas de las casas, y una vez más se refuerza mi teoría de que me equivoco. No lo pienso, y dejando el alma sentada sobre el granito, cojo mi cuerpo y me lo llevo a Madrid a buscarle un sino.