lunes, 17 de febrero de 2014

Aeropuerto de Madrid-Barajas

El coche aparcado en la plaza 504, del tercer piso de la torre C, como cada lunes de madrugada en el aeropuerto de Madrid-Barajas. El alma con taquicardias intermitentes, la maleta con ropa para una semana, los nervios templados, los zapatos soplados en betún, los pensamientos disparados, el portátil colgado y repleto de verborrea laboral por resolver y mi corbata de los lunes para volar a Holanda. Cruzando la parada de los taxis, solía perder el miedo, enfundaba un pitillo y ponía el zippo a funcionar. Miradas constantes al reloj, el frío de la mañana apretaba, la gente bostezando sin miedo por las aceras. Las madres repartiendo besos de abuela en las puertas de los taxis, y  mientras, los novios más afortunados, cataban labio antes del adiós...

Y hoy, tras más de un año sin venir a verte, me has dejado aparcar en la misma plaza de parking, quién sabe, quizá sabías que venia, y simplemente me esperabas. Me has dejado fumar en tus puertas de embarque, y volver a sentir el frío de tu entrada. He contemplado de nuevo la parada de los taxis, y los besos que se reparten, y un sentimiento nostálgico me ha taladrado de arriba a abajo, dejándome anonadado por el recuerdo. He tirado el cigarrillo, y tras pasar las puertas automáticas, he vuelto a vivir tu olor, tu esencia, esa potencia infinita capaz de reventar fronteras y escribir las más increíbles historias. Maldito aeropuerto venenoso, que corre mi cariño por tus venas; déjame volverte a sentir.