Arranco el coche, húmedo y goteante por la densa niebla que hoy invade la calle. Conducir se hace solitario, y los coches que me cruzo, desconocidos todos, irrumpen veloces desde la oscuridad. Aparco frente al bar de siempre y me sirven mi café. Lo tomaré en la calle, mientras fumaré un cigarrillo antes de desaparecer hacia la capital. Esta niebla le hace a uno sentirse chico, sin más prisa que la que uno decide tener, absorbiendo el ruido, escuchando la nada, y brindando un instante brujo, mientas que la luz del bar, se cuela por un ventanuco, invadiendo la pared sobre la que sigo apoyado.
Recuerdos me revientan el instante, lucha la conciencia contra la irracionalidad en mi sien, y mientras trato de ignorarlas, rebajándome a beber un sorbo de café y dar una calada más. Pierdo la mirada al frente y respiro hondo, pero sin conclusiones claras. Hoy, ni el fútbol de los domingos hará evadirme en la carretera, rumbo a Madrid...
