sábado, 31 de enero de 2009

El silencio y las luciérnagas...

Al pie del pino viejo que sombrea mi casa he descubierto una luciérnaga. No sé de dónde ha venido pero ahí permanece, decidida a no mudarse de sitio aunque el emplazamiento que ha elegido es inhóspito y vulnerable, al alcance de las patazas de los perros y con riesgo de ser aplastada por la manguera de regar o la rueda izquierda delantera del coche, que siempre lo arrimo al pino buscando protegerlo de la solaguera, aunque me lo caguen los pájaros.

Salí la otra noche en busca de mi habitual ración de luna y constelaciones y allí, a ras de suelo, estaba ella: una potentísima e inmóvil chispa verdeamarilla, una explosión de resplandor brillante y poderoso agujereando la oscuridad de la tierra. Inmediatamente busqué con la vista alrededor por si había más porque los animales, tal que las personas, acostumbran a vivir en grupo o cuando menos en pareja, pero no vi ninguna otra. Tal vez sea una luciérnaga anacoreta. O una francotiradora de la luz... [...] Ángeles Cáceres